
Uno de los métodos más revolucionarios de los últimos tiempos para la corrección de arrugas es el botox, la toxina botulínica. Mediante la paralización del músculo, esta práctica corrige eficazmente líneas del rostro como patas de gallo y arrugas del entrecejo.
Desde su aparición el botox desató la polémica, ya que se trata de la aplicación con fines estéticos de la toxina que provoca el botulismo, enfermedad que paraliza los músculos del cuerpo. Pero no hay motivos para sustos: como las dosis usadas son muy pequeñas, el riesgo de contraer la dolencia no existe.
Los resultados son casi inmediatos: a partir de las 72 horas de la aplicación se pueden observar los cambios. El único inconveniente, además de su elevado costo, es que las mejorías no son definitivas. A los seis meses todo vuelve a ser como antes, y si se desea mantener la nueva apariencia hay que repetir el tratamiento con esa frecuencia.
Sí hay que cuidar de no abusar de su uso; aquí, como en todo procedimiento estético hay que ser moderada y no dejarse llevar por modismos ni exageraciones. Como máximo se aplica cada seis meses, y una frecuencia mayor puede acarrear la aparición de hematomas, pérdida de la expresión facial, problemas en los párpados y debilitamiento muscular.
De todas maneras, el tratamiento regular de arrugas con botox tiene la ventaja de que al paralizar esos músculos acostumbrados a realizar determinados gestos, el hábito de contraerlos se inhibe, y con eso los resultados en las líneas de expresión pueden prolongarse con el pasar del tiempo.
El botox se inyecta con agujas muy finas directamente en las arrugas que se deseen reducir. Además de las líneas del rostro, tiene otras interesantes aplicaciones como levantar la punta de la nariz, disminuir las arrugas del cuello, levantar senos caídos e inhibir la transpiración de las palmas de las manos, pies y en las axilas.
Vía femenino





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